miércoles, 17 de septiembre de 2014

Amor a primer oído

No encontré foto tocando guitarra, pero si  esta foto vergonzosa
cantando algo de niño
Decir que recuerdo la primera palabra que dije, el tiempo que me tomó aprender a caminar, cuando dejé el biberón, sería mentirles. Si les digo que el primer sonido que recuerdo es a mi mamá o mi papá hablándome; perdón viejos, pero no es así. 

La única memoria respecto a eso la tengo gracias a las miles de vergonzosas fotos que mi querida familia atesora con cariño y cada cierto tiempo las exhiben sin reparo alguno, frente a desconocidos o entre ellos para recordar al negrito que algún día fue chiquito y se dejaba hacer cariño jajajaja 

Cuando mi cerebro empezó a ordenar ideas y tener una orientación en tiempo y espacio medianamente decentes,  lo poco que recuerdo de esa época (cuando era niño) es de un sonido en particular, un sonido que hasta ahora me persigue, me envuelve, me enamora y me lleva a un mundo lejos de todo, me relaja y hasta tranquiliza mi naturaleza iracunda cuando estoy a punto de explotar.  Los que me conocen de verdad, saben que hablo de la guitarra.

La primera guitarra que escuché  fue la que tenía mi tío Carlos, quien tocaba canciones de los Beatles sin saber una sola palabra de inglés, y otras de la época que tenía en sus cancioneros. Cuando iba a molestarlo le pedía que tocara la canción de Tarzán, que, luego de casi 15 años me enteré que era una canción de los Doltons pero él le cambiaba de letra jajaja. Ahí me di cuenta que me gustaba el sonido de la guitarra, que de alguna manera me capturaba y desde ahí nacieron mis ganas de aprender.

Pasaron muchos años hasta que finalmente aprendí. Fue en mi adolescencia y cuando aprendí mi primera canción me alucinaba Hendrix, y eso que solo sabía 5 acordes. Sin embargo era feliz. A la par recibía mi primera guitarra, una Fender hermosa, que luego de un tiempo y por una inesperada caída caminando por la calle se rompió. Llegó el día en que, luego de practicar muchísimo, toqué una canción y canté por primera vez en público. Me cagaba de nervios. Sudaba. Empecé y la sensación fue increíble. Nunca olvidaré ese día. Toqué Canción para mi muerte, de Sui Generis, en parte porque me gustaba mucho esa canción, y en parte por la influencia rockera que mis tíos me dieron a lo largo de los años. Lo que más recuerdo ese día fue la cara que tenía Carlos, la persona que inconscientemente empezó a moldear esa parte de mi vida. Fue como si finalmente alguien le hubiera hecho la posta en ese arte que el quizás tomaba para enamorar a las chicas en sus épocas colegiales, a desestresarse cuando mi abuelo lo jodía, o a inventar canciones para mí.

A partir de ahí no paré. Tuve algunas guitarras más. Sigo cantando y tocando guitarra cuando puedo. Es una parte importante de mi vida que no quiero perder. Tocar una canción frente a un gran público de nuevo. Cantar en una fogata con mis amigos en la playa. Cantar en un karaoke y que me aplaudan. Transmitirle en algún momento  a la chica que me gusta todo el sentimiento posible a través de una canción. Subirme a una combi, cantar y vender "productos golosinarios" de la marca Ambrosoli.


Hay cosas que nos marcan a lo largo de nuestras vidas. Momentos, emociones, en este caso sonidos. Nunca se frustren si no les sale a la primera, o si alguien les dice que no se puede, o que no es lo tuyo. No sere Santana, pero soy Ricardo Piqué Landeo y siempre trato de tocar… la guitarra.

3 comentarios:

  1. Creo que eso siempre pasa amigo; siempre es algún familiar o alguien cercano el que nos ayuda a descubrir nuestro amor por el arte, en este caso la música...y una vez que lo descubrimos, no hay quién nos lo quite! ;)

    ResponderEliminar
  2. Me quedo con una de las últimas frases de estas cautivantes líneas, "Nunca se frustren sino sale a la primera"

    ResponderEliminar